jueves, 26 de septiembre de 2013

Matemática divertida


por Isabel Ortega
Publicado en “Magisterio Río de la Plata”. Revista de educación y Cultura. Año 8. Nº 2. Ciudad Autónoma de Buenos Aires. 1993.

Uno de los desafíos que enfrenta habitualmente el docente es conseguir que sus alumnos aprendan matemática. Hay que saber mucha matemática, hay que tener una buena metodología, hay que saber interpretar las dificultades de los alumnos. Pero aquí me referiré a otro aspecto de la cuestión: las emociones que despierta la clase de matemática. No es novedad para ningún docente que la matemática generalmente no se disfruta: no la quieren la mayoría de los chicos y la miran con resignación casi todos los maestros, mientras la generalidad de los padres observan comprensivos recordando pasadas experiencias.
Cuando observo mi propia evolución como alumna y maestra de matemática no puedo dejar de reconocer que hubo una primera etapa en la que creía que el hecho de que yo disfrutara de ella se debía a un factor casi “genético”.
Con el tiempo empecé a descubrir que los chicos quieren más la matemática en tanto y en cuanto el discurso del maestro sea más claro, que los malos recuerdos de algunos temas casi siempre están ligados a la frustración de no haberles encontrado sentido, que la mayoría de la gente tiene una idea falsa de los matemáticos y su tarea y que, por supuesto, no se debe a los genes el hecho de que algunas personas disfrutemos de la matemática sino que la tomamos de una forma que hace que sea divertida, y que esto es solamente porque conocemos cosas de ella que otros no saben. Con esto no quiero decir que todo el mundo deba ser matemático, sino que hay maneras de abordar la clase que pueden propiciar el aprendizaje, y otras, en cambio, que lo pueden frustrar.
Es notable, en ese sentido, el traspaso de actitudes del maestro al alumno. Es importante que el maestro tenga fe en lo que pretende enseñar porque la importancia científica, práctica, lúdica, estética, moral, que él tenga de un contenido, se verá reflejada en su propuesta de clase y será la que, en definitiva, motivará al alumno de la misma forma.
De la misma manera es necesario que el maestro se divierta en la clase de matemática para que la experiencia de los chicos esté ligada positivamente a los sentimientos.
Haré una comparación: la experiencia de conocer un cuento, por ejemplo, no será igual si un chico tiene que “leerlo como deber para mañana” que si lo escucha “leído por su abuela junto a la chimenea”. Esta comparación es un poco extrema pero no tanto, más bien alude a la posibilidad de una actividad matemática que sea placentera por sí misma.
En el año 1988 me pidieron que creara actividades matemáticas para el Plan de Lectura “Leer es Crecer” de la Dirección Nacional del Libro. Se trataba de una tarea dentro de la Educación no Formal que tenía como objetivo acercar a los chicos a los libros de matemática. Este asunto de presentar la matemática como algo que se puede elegir desde el placer y no motivado por pasar un examen o aprobar un curso, requirió de mí una transformación. Tuve que elegir los contenidos y quedarme con los que garantizaban entretenimiento. Para esto tuve que deshacerme de uno de los prejuicios más grandes que adquirí en mi formación matemática, que más tarde pude asignar a la influencia griega vigente aún en nuestros días.
Los griegos fueron los inventores de la ciencia, consiguieron que el pensamiento humano concibiera el primer grado de abstracción matemática. Tomaron el trabajo de cálculo de los babilonios y los egipcios, y le dieron rigor científico. El paso cultural que dieron fue monumental, pero no sólo nos legaron sus teorías sino también un prejuicio marcado hacia las aplicaciones prácticas. Las nociones matemáticas eran, para los griegos, puras abstracciones: las figuras y los números eran ideas que sólo existen en el pensamiento y los dibujos sólo una imperfecta representación.
Todo esto es cierto, pero no es menos cierto que estas ideas se construyen con material de la realidad y que una vez que se adquieren se convierten en instrumentos para volcarlas nuevamente a lo concreto.
Con este criterio, en la clase de matemática los cálculos pueden aparecer en la carpeta, en un papelito para descifrar un mensaje secreto o en un gran papel para hacer un dibujo mural. Las figuras geométricas tanto se dibujarán en un cuaderno de clase como también pueden recortarse para expresarse plásticamente a través de un collage. El tema de los números primos puede surgir a partir de historietas; los múltiplos de 5 en una clase de música; las “mágicas” cintas de Möbius pueden llevarnos a la superficie de un rectángulo.

Lo importante de este punto de vista es abrir posibilidades nuevas que permitan a los chicos volverse sensibles a los aspectos matemáticos de las cosas de todos los días.

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